Ya os adelanté en “Metas realizables que no tardaría en dedicar un post a las personas que no tienen trabajo. No ha pasado una semana y aquí estoy de nuevo. Pero esta vez os tengo una sorpresa. La misma sorpresa que me he llevado yo.

Este texto no lo he escrito yo.

Tras hacer pública mi intención de escribir sobre desempleados, uno de vosotros se me adelantó y me hizo llegar este texto. Yo me limito a compartirlo con todos vosotros y a mantener su anonimato, conforme me rogó. Me lo envió por si me servía de inspiración, pero no hay esfuerzo de empatía capaz de transmitir lo que él transmite con sus palabras, por eso me limito a haceros llegar su texto.

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“El tiempo” es diferente para un parado de larga duración.

Las fechas del calendario vuelan. Literalmente. Hoy amanece un 3 de febrero y al día siguiente estás preparándote para ir a cenar por nochevieja con toda la familia. Os parecerá una exageración, pero es así. Llegan las terceras, o cuartas navidades sin haber encontrado un puesto de trabajo y las citas familiares se convierten en un calvario. Te preguntan si por fín has encontrado trabajo. Si has enviado un CV a ésta o aquella empresa. Si te diste de alta en los portales de empleo que hay en Internet. No faltará quien te recuerde que te vendría bien hacer un cursillo, curso o máster… y quien, desde el desconocimiento, te diga “quizás estás haciendo algo mal”. Todos opinan y todos lo hacen con buena intención. Una buena intención que te avasalla y te amarga la cena, la salida de otro año en paro y la entrada del siguiente. Porque te lo amargan, sin pretenderlo. Sobre todo tras haber tocado el tema varias veces a lo largo de la cena y brindar contigo nada más tragar las uvas deseando “este año sí, fijo que encuentras trabajo”.

Toda tu familia languidece cuando terminan las vacaciones. “Mañana madrugar”. Y sí. tú también madrugas. Tienes una disciplina autoimpuesta para no llegar a perderte el respeto.

Mi trabajo es buscar trabajo.

Ya no suena el teléfono. Te preparas un café, dos, cuatro y siete y sigues enviando CV’s a todas las empresas a las que se lo has enviado desde hace dos, tres años. Sin respuesta. Tu día a día vuelve a la eterna y nefasta rutina. Cada CV que envías es una pequeña decepción. Un pequeño fracaso. Prolongas la letanía… Lees una oferta de trabajo y piensas “me ajusto a ella”; “está escrita para mi”; “llevo 10 años haciendo esto…” pero no recibes ninguna respuesta.

Un parado de larga duración: 3, 4, 5 años sin encontrar trabajo puede enviar una media de 3000 CV’s al año. Y con suerte recibir una docena, como mucho, de solicitudes de entrevista.

Las primeras veces acudes a la entrevista de trabajo deseando comerte el mundo.

Vas a por todas, lleno de ilusión por volverte a subir al tren del trabajo. Cuando llevas un par de años en paro se reducen las entrevistas. Siempre tienes demasiada experiencia o llevas demasiado tiempo parado. Es la pescadilla que se muerde la cola. Mientras tanto tú desesperas. Al cuarto año ya tendrás una o dos entrevistas, como mucho. Tu motivación ya no es la misma, cosa que te quita todas las opciones para conseguir el empleo. Sabes por dónde te vendrán las puñaladas y (haces mal) anticipándote a ellas. Das apariencia de desdén o “de sobrado” y entonces te dicen que “no podríamos hacer frente a tus exigencias económicas”. Pero si no he formulado ninguna. Ya, pero es que tienes tanta experiencia… Pero si os he enviado un CV en respuesta a una oferta publicada que especificaba el salario. Si lo mandé es porque estoy de acuerdo con él y no pretendo negociarlo”. Nunca entenderán que si rebajas tus pretensiones es porque lo necesitas.

Por todo esto, cuando vas a una entrevista de trabajo vas semi derrotado de antemano. Sin chispa, sin gracia… Sales vapuleado y humillado.

Lo peor de todo es que terminas pensando que las buenas ofertas de trabajo son las que tienen nombre y apellidos. Las que no aparecen publicadas. ¿Y a tí qué? Sin padrino… no tienes nada. No eres nadie.

Mediado el tercer año empiezas a sentirte inútil. No quieres rendirte pero te sabes vencido.

Todo esto sin familia y sin hijos.

Si tienes hijos la cosa empeora.

Porque tienen el vicio de comer. El vicio de ir al colegio. Tienen el vicio de querer ir a los cumpleaños. El vicio de querer salir de vacaciones en verano. Los hijos son todo para ti. Por ellos morirías. Y te mueres por dentro consumiéndote. Si son pequeños todavía tienes tregua cuando vean el árbol de Navidad con un solo paquete, ropa. Entonces, en su ingenuidad, escucharás aquello para lo que llevabas semanas preparándote “no me han traído este juguete, ni este, ni aquel que les pedí, solo una sudadera para el colegio”. Y tú haciendo de tripas corazón y tragándote las lágrimas por los ojos les dirás “los Reyes Magos son sabios y saben que en noviembre rompiste la que tenías”. Al niño le saben a poco sus reyes. A ti te han hundido en la miseria y te sientes un mal padre.

Hay matrimonios que aguantan los tres o cuatro años de paro de uno de los cónyuges. Otros se deterioran, languidecen y desaparecen. Incluso los hay que resisten porque hay hijos y ninguno de los padres podría hacer frente a sus gastos por separado. Pero pasas a vivir una condena cada vez que el hogar está lleno. Acabas prefiriendo esas horas de soledad, cuando los niños están en el colegio. Por lo menos no tienes que mirar a tu mujer a los ojos diciéndole sin palabras “otro día perdido”.

Ya no sales de vacaciones porque no te lo puedes permitir.

No quedas con los amigos para cenar, porque con los 30 euros que te cobrarían por tu cubierto tienes para dar de comer a los niños durante semana y media. Pastas, arroces, carne algún sábado. Pasas de lado por la pescadería no vayan a pedirte un lenguado. ¿Cómo le explicas a tu hijo que el kilo de lenguado está a 18 euros? No lo entiende… Con un poco de suerte hay cola y le dices, “hoy no, que hay mucha gente”.

Tus amigos se incomodan. No pueden hablarte de las vacaciones que están planeando porque saben cuál es tu situación. No pueden hablarte de sus ascensos porque saben cuál es tu situación. Tampoco pueden quedar contigo para ir al teatro, a un concierto o al fútbol… porque saben cuál es tu situación. No te dirán el último capricho que han concedido a sus hijos, porque saben cuál es tu situación.

Al final no te llaman.

Mejor que no te llamen.

El silencio de nuevo. A solas. Que ver reír a todos, brindar y celebrar, cuando no tienes nada que reír ni por qué brindar ni qué celebrar… es duro. Entonces te sorprendes en un submundo de silencio. A tu alrededor todo es risas y brindis. Los ves sonreir, coger una copa y brindar. Ves cómo se carcajean. Son tus amigos. Pero no escuchas. No oyes nada. En tus oídos solo escuchas tu corazón bombeando sin cesar. No sigues la conversación. El lunes hay que pagar la hipoteca. Es toda tu preocupación.

Esta, amigo mío, es la vida de un parado de larga duración.

Y no he mencionado las noticias, los programas de radio, la prensa. Tú eres un número dentro de esas macrocifras de parados. Sin nombre ni apellidos. Pero todos los políticos se felicitan porque este año hay menos parados. Y ahí sigues tú, cambiando el calendario con el que empecé esta carta y poniendo otro nuevo que empieza, claro está, por enero. Otro enero. Y sin trabajo.

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