Educar no es consentir.

Parece trivial, pero tiene un sentido clave para el futuro de un niño.

Si echamos la vista atrás siempre habrá quien reniegue de los métodos educativos del pasado. Cuando hablo de «educación», o de «educar», lo hago a conciencia. Pensando en el tándem padres/profesores. Sin embargo pongo el peso de la «Educación» en los padres, con el respaldo de sus profesores, y no al revés.

Vayamos por partes.

La educación, en el pasado, venía impuesta (nunca mejor dicho) por una de estas dos opciones: la autoritas o la autoridad. ¿Cuál es la diferencia?

La autoridad se sobreentiende: existe un vínculo de dependencia o de subordinación por parte de uno hacia otro.

Si quieres que tu hijo alcance sus sueños hazle comprender que tiene que esforzarse. Hazle entender que cuando le niegas algo no eres un tirano, sino un padre responsable - Enhamed - Enhamed coach - Conferencias - Blog de coach - Autoritas - Autoridad - Educación

Si quieres que tu hijo alcance sus sueños hazle comprender que tiene que esforzarse. Hazle entender que cuando le niegas algo no eres un tirano, sino un padre responsable – Enhamed – Enhamed coach – Conferencias – Blog de coach – Autoritas – Autoridad – Educación

Y es «el otro», en nuestro caso los padres (y en el pasado, los maestros) quien impone dicha autoridad. Sin necesidad de recurrir al «porque yo lo digo». La autoridad no se gana ni se pide, se ejerce. Se le ordenaba al niño hacer ésto o aquéllo y lo hacía. Sin entrar en consideraciones.

No digo que fuera lo correcto. Es más, no lo creo. Sobre todo porque ésta autoridad venía, habitualmente, de la mano de una disciplina que hoy en día no sabríamos ni concebir. Para ello pensemos en aspectos cotidianos: Ya no hay niños que vistan con chaqueta y corbata y esperen a que el progenitor se siente en la mesa para acompañarlo. Son usos de otros tiempos.

Este grupo, el autoritario, concibe la educación de los hijos como un trabajo y responsabilidad compartida entre padres y profesores.

Ni hablaremos de la escena de un maestro castigando a un niño de de rodillas o dándole un capón…

La autoritas es otra cosa. Tiene un peso moral del que carece la autoridad.

Pero no porque quien la ejerza la imponga, no. Se le concede una autoridad moral a quien se la merece. Porque administra justicia entre hermanos; Porque transmite su sabiduría y sus conocimientos son palpables; O porque se admira a una persona, padre o maestro, por sus méritos acumulados y/o por su trato.

En el grupo de la autoritas encontraríamos al maestro que se mete a los niños, y mayores, en el bolsillo. Ese maestro sabe transmitir la materia que imparte. Amen de un sinfín de valores. También al padre comprensivo que sabe aparcar su estrés cotidiano para ofrecer sus brazos a sus hijos. Estos padres gustan de explicar sus éxitos y sus fracasos a sus hijos para hacerles comprender la importancia de sus actos, desde pequeñitos, para toda la vida. En la autoritas los padres asumen la educación de los hijos y agradecen el respaldo del maestro que añade conocimientos a los valores que vienen inculcados desde casa.

Pero ambas cosas se han difuminado.

Estamos en la era del «padre colega»

Hoy en día el rol del padre ha variado.

Con esto no quiero generalizar, porque siempre habrá de todo.

Hablo de la tónica general que se está imponiendo o nos viene impuesta quizás desde una generación posterior a la nuestra. El padre de hoy, e incluso el maestro, ya no tienen autoridad. De la autoritas ni hablamos. Para empezar el maestro ya no existe. La maestría es una vocación: el profesorado es una profesión. En la vocación lo gratificante es poder ver que un hijo o alumno asimila bien los conocimientos transmitidos. Es gozar viendo cómo abandona el nido el hijo y es bueno. Bueno en su vida y bueno para con los demás. En la profesión lo gratificante es la nómina a final de mes. Siempre habrá algún maestro en un claustro. Pero los románticos se ven sobrepasados por los pragmáticos. Y son los pragmáticos los que, menguada su propia educación, se ven impotentes para transmitir valores de los que carecen o ni siquiera comparten.

Es la era del padre consentidor que delega la educación de sus hijos en los profesores.

Y los profesores consienten a los padres porque temen las represalias del padre caprichoso de un hijo consentido. Unos por otros… y la casa sin barrer. Quien paga este abandono de compromisos son los niños.

Antaño volvías a casa con la cabeza gacha porque habías suspendido una asignatura y, tus padres, te obligaban a redoblar los esfuerzos para recuperarla. Te fastidiabas el verano estudiando y viendo a tus hermanos jugar en la playa. El mal «fatal» era terminar un curso y no poder pasar al siguiente. Y tus padres te decían «para que aprendas a estudiar» o «para que seas alguien en la vida».

Ahora estamos en la era del profesor humillado que aguanta las vejaciones de los alumnos por miedo a ejercer su autoridad. Ya apunté antes que, llegados a éste punto, «de la autoritas ni hablamos». Si el alumno no respeta al profesor no cabe ni pensar en que le conceda autoritas.

Termina el curso y el alumno ha suspendido alguna asignatura… y pasa de curso. No podemos humillar al niño. No podemos acomplejarlo. Tampoco podemos privarle de las vacaciones, del móvil, de su ordenador y de sus series en Youtube.

Estamos haciendo niños débiles. Frágiles. Estamos haciendo niños incultos. Y haciéndoles débiles e incultos los estamos condenando. Estamos creando burbujas de aislamiento social y cultural que se solapan con el consentimiento y derivan en soberbia. La soberbia de quien opina sin conocer. Pues soberbia es acabar los estudios sin haber estudiado. Pasar de curso sin haber aprobado. Recibir premios sin haberlos merecido.

Huimos de la meritocracia y la sustituimos por el consentimiento.

Los padres eluden a responsabilidad de educar porque la educación de un niño requiere paciencia. Paciencia, persistencia, tenacidad, otra vez paciencia, autoritas, rigor y todavía más paciencia.

La labor cotidiana de un padre que educa a sus hijos empieza cada mañana y termina al darles un beso por la noche, ya dormidos. Y a la mañana siguiente vuelve a empezar el ciclo. Y así cada día de sus vidas, sobre todo en las primeras etapas en las que dependen de sus progenitores.

Como no tenemos paciencia cedemos al chantaje emocional del niño. Y cediendo de pequeños perdemos terreno para cuando crezcan. Crecidos los hemos perdido. Y perdidos harán lo que decía no hace mucho, acallarán su conciencia inculta desenfundando la soberbia para sentar cátedra en temas y casos que no lleguen ni a comprender.

Salen mal formados de sus casas. No se forman en el colegio. En las universidades los deforman sustituyendo conocimiento por ideología.

Al final salen al mercado laboral sin capacidad para competir con quienes sí han recibido el tiempo por parte de sus padres. Tiempo, educación y valores inculcados como el respeto y la meritocracia.

Si a esto le añadimos que las fronteras están desvaneciéndose… Y que nuestros niños tendrán que medirse con niños que quizás vengan mejor formados que ellos…

Todo esto porque no los educamos, los consentimos. No queremos que el niño se lleve un berrinche y para evitarlo le dejamos jugar con el i-pad. Tampoco queremos que se moleste y nos llame carcas y por eso les dejamos salir hasta las 4 de la madrugada con 14 años. No queremos que se sientan frustrados con una orden y por eso los consentimos. Quizás porque los mismos padres no están preparados para serlo. Quizás porque hay padres egoístas que no pierden su preciado tiempo en educar a sus hijos.

Lo que no sabe un padre consentidor es que consintiéndolos de pequeños los estamos condenando a no sentirse realizados como profesionales ni como personas de mayores. Les damos pequeñas píldoras de placer inmediato para que no lloren o no se enfaden. Pero cuando el padre ya no sea responsable de sus hijo, verá con tristeza cómo su hijo arrastra la amargura de no valer y no querer valer, y por ello, no servir para trabajar.

Si quieres que tu hijo alcance sus sueños hazle comprender que tiene que esforzarse. Hazle entender que cuando le niegas algo no eres un tirano, sino un padre responsable.

Consiente a tu hijo de pequeño y lo habrás perdido para toda la vida.

Y recuerda… educar no es consentir.

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